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En los primeros años de internet no bastaba con aparecer en Google. Había que explicar cada titulación y generar confianza en futuros alumnos y sus familias.
Entre 2004 y 2007, la forma de elegir universidad estaba cambiando. Hasta entonces, el peso de la reputación, las recomendaciones o la presencia física era determinante. Google comenzaba a convertirse en una herramienta habitual para buscar información y comparar opciones. Por primera vez, los estudiantes podían descubrir universidades que quizá no habrían considerado unos años antes.
Las universidades también estaban aprendiendo a adaptarse a ese nuevo escenario. Captar alumnos por Internet era todavía un territorio relativamente nuevo y muchas de las prácticas que hoy se consideran habituales estaban empezando a definirse.
Internet permitió que universidades privadas relativamente jóvenes pudieran competir por la atención de los estudiantes en igualdad de condiciones con instituciones mucho más conocidas.
La Universidad Francisco de Vitoria se encontraba precisamente en una etapa de crecimiento. Nuevas titulaciones, nuevas áreas de conocimiento y una oferta académica cada vez más amplia necesitaban darse a conocer entre estudiantes que comenzaban a utilizar Internet para tomar decisiones sobre su futuro académico.
La promoción de una universidad no consistía en lanzar un único mensaje para todos los estudiantes. Cada titulación tenía necesidades, perfiles y objetivos diferentes.
Las campañas se organizaban alrededor de decenas de grados y licenciaturas. Derecho, Periodismo, Comunicación Audiovisual, Bioquímica, Biotecnología, Ingenierías o Formación Profesional competían por atraer la atención de futuros alumnos con intereses muy distintos.
Cada búsqueda requería anuncios específicos, mensajes adaptados y páginas de destino propias. Un estudiante interesado en Bioquímica no buscaba lo mismo que otro que quería estudiar Periodismo o Ingeniería Informática. Cada uno imaginaba un futuro profesional diferente y necesitaba respuestas distintas.
El objetivo no era simplemente generar visitas. Se trataba de conectar a cada estudiante con la formación que mejor encajaba con sus aspiraciones, resolver dudas y facilitar una decisión que podía marcar los siguientes años de su vida.
Las campañas seguían el ritmo natural de la universidad. Durante buena parte del año se trabajaba en la visibilidad de las distintas titulaciones, pero era durante los meses de verano cuando se concentraba la mayor actividad.
Julio, agosto y septiembre eran decisivos. Miles de estudiantes acababan de terminar los exámenes, comparaban opciones y comenzaban a decidir dónde estudiar.
Algunas titulaciones contaban ya con suficiente demanda. Otras necesitaban un impulso adicional para alcanzar el número mínimo de alumnos que permitiera poner en marcha los cursos previstos para septiembre. Las prioridades cambiaban constantemente y la estrategia debía adaptarse a las necesidades reales de cada momento.
La coordinación con el departamento de Admisiones era continua. Los resultados se revisaban periódicamente para identificar qué titulaciones necesitaban más apoyo y dónde convenía concentrar los esfuerzos.
Cuando una nueva licenciatura necesitaba ganar visibilidad, era fundamental generar confianza. Los futuros alumnos querían conocer el plan de estudios, las salidas profesionales o quiénes serían sus profesores. La decisión de matricularse iba mucho más allá de un anuncio.
En los periodos de mayor actividad, las campañas generaban decenas de miles de visitas mensuales hacia las distintas titulaciones de la universidad. Hoy puede parecer algo habitual. A mediados de los años 2000 suponía una oportunidad extraordinaria para conectar con estudiantes que buscaban activamente información sobre su futuro.
Las herramientas evolucionan, los hábitos cambian y los canales se transforman. Lo que no cambia es la necesidad de llegar a las personas adecuadas en el momento adecuado. ¿Hablamos de cómo hacerlo en tu organización?